miércoles, 30 de abril de 2014

Magia

Apenas habían pasado 48 horas de mi regreso y tenia una sensación de congoja mientras desayunaba en un comedor, el mío, que ahora observaba no había cambiado en mucho tiempo, todas mis posesiones dedicadas a ocupar esos espacios, seguían distribuidas en un orden conformado antaño y entre sorbos de café y miradas escrutadoras, buscando algo fuera de sitio, descubrí otra necesidad en mí. Mi sistema nervioso se había habituado a mi comedor, a lo que no cambia, a los mismos libros, ya leídos, esperando que alguien los vuelva a abrir, a las mismas figurillas, recuerdos monótonos de un ayer lejano, los mismos cuadros con sus escenas estáticas y perennes como mi comedor, tuve que mirar mis plantas buscando un brote nuevo, algo perceptible de novedad para paliar la sensación de indiferencia. Necesitaba cambiar todos esos objetos, de sitio, de lugar, de posición, como hacia Picasso, para poder verlos de nuevo, para que mi mente se mantuviera atenta, despierta. Deje que el comedor fuera intransigente conmigo, apure el café, tenia tantos cambios que hacer, que ese podría esperar, ahora era el momento de volver a calzar las botas, de volver a los espacios abiertos, cambiantes, diferentes, para que mi mente apreciara alguna novedad.
Coji una pequeña mochila, el espacio justo para transportar mi necesidad alimentaria y mi blog de notas,  puse rumbo a la sierra de las Quilamas, esta vez en compañía, a un punto desde donde contemplar la provincia de Salamanca.
Desde Linares de Riofrio, el Pico Cervero dista unos 12 km. y se va ascendiendo a él por una pista ancha rodeado de robles aun desprovistos de primavera, acebos, castaños y cerezos ya con sus frutos incipientes.


Ascendí con alborozo, escuchando a mi acompañante sus relatos de vivencias acaecidas por esos entornos tiempos atrás y que hicieron que yo también recordara las mías propias, añadiéndolas, ambas a nuestro recuerdo de ese día. En los momentos de pausa prolongada de la conversación, mi mente retornaba a la gratitud sentida no hacía mucho tiempo, y aprovechando la congruencia del lugar, mis sentidos, una vez más se retribuían de naturaleza.

Podría parecer una pista igual a las ya recorridas, pero no, era diferente, y mi mente lo sabía, apercibía la sutil diferencia de otras ya transitadas, los sonidos producían unos ecos dispares transformando el lugar en algo nacido para mí. Cada paso se transformaba en un descubrimiento y volvían las mismas sensaciones que colmaban mi ser de regocijo.
 Después de una parada para la comida, apartados del camino, amenizados por un pequeño arroyo de sonoridad apenas perceptible y con un sol tibio, velado algunos instantes por nubes traviesas, afrontamos la ultima parte de la ascensión, desmarcándonos en el ultimo tramo de las facilidades adosadas a la montaña, ascendiendo con un espíritu jovial por entre las pequeñas escarpaduras.
Desde lo alto, en un pequeño espacio, tenia ante mi, todo un conjunto de tierras, pueblos, que observaba deseando ser un águila, como la que majestuosa sobrevolaba por encima de nosotros los espacios que contemplábamos, dejándose llevar por las corrientes térmicas que tan bien dominaba, soñé en mi ilusión de niño que si estiraba el brazo, el águila se posaría en él, otorgándome la magia de su ser, quise imitar su llamada, para reforzar mi deseo infantil, y la vi alejarse quizás hasta otra cumbre donde otro niño la llamaba.

 Mis sueños y mi ingenuidad se los llevo el viento, quedándome un suspiro.

Descendimos en una animada charla, alegres por todo aquello de lo que habíamos disfrutado, animados por un descenso cómodo en esfuerzo físico y de nuevo con la mente atenta a la novedad de un espacio que en el descenso y con el sol declinando otorgaba otros matices al camino.
Ahora, empezaba a comprender la magia,  nuestra mente nos deja ciegos si lo que le mostramos es siempre lo mismo, se ha habituado, y para que se sorprenda hay que sorprenderla.
A mi regreso cambiaría la disposición de mi comedor, volvería a tener un espacio diferente, sorprendente.