viernes, 11 de abril de 2014

Infierno-paraíso.

Me levante desanimado, no se porque estraña razón, deambule por la ciudad, queme pareció triste, alargada y cuesta arriba, apenas encontré nada que ver en estas tierras "do demo", desazonado me aleje por la empinada calle que momentos antes había bajado, y ya con un sol que empezaba a apretar, por entre encaladas casas, lojas de chinos, y una escuela de infantil que pintada en un rosa chicle me hizo sonreír.

Cambie la ruta preestablecida, no se con que razón o en base a que?, solo se que decidí ir hacia Leomil, que con sus amplias casas solariegas en un principio me sorprendió y me desazono, todas ellas habían conocido tiempos mejores y ahora abandonadas tan solo quedaba su escudo de armas y sus ruinas entre las hierbas.

Seguí hasta Granja Nova, con un sol que implacable me estaba secando la piel, por mas que yo me refrescaba, aprovechando cualquier regato, charco, o fuente que hallaba a mi paso, siempre entre manzanos, todos ellos en flor.

El sol, la temperatura, la desazón con que empece la etapa, la dureza, no se, quizás todo, fue haciendo una herida dentro de mi, caminaba despacio, tenia el presentimiento que no avanzaba, que siempre estaba en el camino equivocado, la mochila ya era un peso doloroso, agobiante, el paisaje perdía sentido, yo solo quería llegar, las fuentes y caños aliviaban mi sed pero solo momentáneamente.

Todo el camino se me hizo, subida, larga, implacable, a partir de aquí tiro el orgullo, él fue el que me arrastró en toda su expresión, si me arrastro, me obligue, estaba cansado de pinos, de manzanos ordenados, solo quería llegar a Lamego, y Lamego era cercana y larga, pues desde que la comencé a ver se me hizo interminable, recordaba las palabras de D. Diego, ..." Ciudad, que se la apostara,
aun a la bolsa de Judas en lo angosta, y en lo larga.."
Llegue, a trompicones, arrastrando las botas por los adoquines, con los pies abrasando entre el cuero, con las costillas deslomadas del armazón de la mochila, que en esos momentos odiaba, quizás, fuera que no salí todo lo motivado que debiera, o puede que el calor atenazara mis piernas quemando mi moral, no ve salvo del desanimo nada, llegue simplemente por mi cabezoneria, por mi orgullo, sencillamente y jodidamente.

Ciudad de sí presumida,
por ser Ciudad estirada,
y que aunque mucho la alaben,
no la han visto ponerse ancha.

Repuesto del mal trago del día anterior, y recuperado, quizás por un atracón de dulces, pensando que el bajón podría deberse a eso, recorrí un poco la ciudad, no quería visitarla en su totalidad, pues Lamego, tiene amplia historia, y es merecedora de una visita pausada y en compañía de alguien con quien poder instruirme en el arte que aquí se desborda, tan solo entre en la catedral, que en una mezcla de estilos, desde el románico de su torre, el gótico flamante de su fachada, o el cuerpo central ya del siglo XVIII, me pillaba de paso hacia mi camino.

Según subía hacia la Cámara Municipal, o Junta de Freguesia, pase por la Iglesia de Almacave, donde paro el rey Alfonso después de firmar el Tratado de Zamora (1143) y donde reunió a las primeras Cortes de Portugal.

Yo, toda la historia no me la se, pero me gusta documentarme, y haceros la conocer de una forma breve y amena, después de sellar mi acreditación, y como siempre, muy bien atendido por el funcionarado portugués, quizás debido a mi condición de peregrino, no pude resistir la tentación de subir a lo alto del castillo, y mirar por donde había venido la noche anterior y así retratar esta ciudad larga y des-vertebrada.

Abandonado el castillo. y descendida la empedrada calle, ya con otra cara, quiero decir, animado, sonriente, contento, fui descendiendo por la rúa de Boavista, que me permitía despedirme de todo lo sufrido y me lanzaba cuesta abajo a una nueva aventura, después de un cruzeiro, quizás de los mejores que he visto, descendí por caminos antiguos, entre viñas y olivos, que fui degustando, poco a poco, porque la mochila empujaba ahora hacia adelante, y esta vez iba a ir despacio, el paisaje que empece a ver me arroyo desde un principio, con su gratitud a mis ojos y sentidos, caminaba entre tapias sombreadas y frescas, sombreadas por naranjos y limoneros que no ocultaban de mi vista los valles y montañas llenas de bancales asimétricos a mi vista, en hilera armoniosa con la ladera.

Ponía la vista en todos los lados, en todas las direcciones, que retratar, todo, si un poco mas abajo descubría otro trocito precioso, si mis ojos en continuo movimiento no sabían donde detenerse, todo era digno de una foto, pero por muchas que hiciera no quedaría impreso el sentimiento el instante con que lo estaba disfrutando, solamente mis ojos eran guardianes de ese momento.

Seguía descendiendo, buscando el río Varosa, desde mi posición dominaba todo el valle del alto douro vinhateiro, todas las quintas , y como no sus gentes, en Ponte Cambros, me ofrecieron de comer, no rechace la invitación, no tenia porque, la gente dulce y curtida, la hora la adecuada, y el plato de mi gusto, con lo cual, en medio de un camino, con cuatro casas cochambrosas, a mi modo de ver, quiero decir en su estructura, pero muy dignas, yo me encontré comiendo arroz con carapau, en un tajo, que hizo de mesa, con tres señoras ya mayores en edad, y un señor con aterosclerosis, el arroz y el chicharro delicioso, el vino, que decir, casero, la sobremesa, fresas, y como la charla había sido grata y según decían nunca pasaba nada importante por allí, pues eran siete las personas que lo habitaban y ya mayores, fui convidado a un buen oporto, que según me dijeron  antiguamente descorchaban  por Pascua. Todo esto en mitad de una cuesta, apenas sin sombra, acabada la comida, me lave en una barreño, me despedí, por la fuerza, pues el señor empeñado estaba, que tenia que seguir con el oporto, que era de su cosecha, pero leches, con una copa ya me había encendido, me despedí, agradeciéndoles el trato y la cortesía y seguí el descenso.
Me estaba maravillando del paisaje y del trabajo de esta gente desde tiempos muy lejanos, y de la gratitud de esta tierra, no en vano había ya salido, de la sala de audiencias del diablo y de sus tierras según dicen por aquí. Atravesé el río Varosa en una parte en la que entrega sus aguas al Duero, desde el alto, el Duero aparece majestuoso visto desde mi posición parece que sus aguas las sujeta un cristal en el puente del río Varosa.