lunes, 7 de abril de 2014

Llegué a Piñel, población
símil a una fe de erratas;
y es cierto, que no se ha visto
cosa mas bien acabada.
Toda puerta estaba abierta
mas ninguna hallaba franca:
yo estaba de buen recibo,
pero ellos de mala data.


Bien desayunado y mejor descansado, me despedí de Almeida y tome la carretera que lleva al Santuario de Nuestra Señora Da Barca, con los ánimos encendidos después de leer todas las muestras de cariño y afectos que van apareciendo en este blog, gracias a todos por vuestro apoyo desde todos esos rincones que os encontráis, algunos tan lejanos como México. Una vez abandonado el asfalto a la altura de la Quinta la Tasqueira, empece a descender hasta el río Coa, entre olivos, jaras, viñas y empedrado, llenándome los sentidos de naturaleza.

Llegue en continuo descenso hasta el Ponte Grande que salva el obstáculo del río Coa , testigo mudo de una batalla que aquí tuvo lugar en la Guerra de la Independencia, y donde me detuve a disfrutar del sol y del bullir de las aguas que descendían.

Realizado el disfrute de los sentidos, observando por donde había bajado, lo que me quedaba era subir

por una empinada cuesta llena de rocas graníticas de curiosas formas, me encontraba ya en la Beira interior y este paisaje no desconocido para mi me iba a acompañar en varias jornadas.
Llegado a la cumbre, de nuevo toco descender, ahora suavemente hasta el ponte de Gaiteros, donde aprovechando la sombra y el frescor me entretuve disfrutando de su entorno bucólico.

Refrescado cuerpo y pies de tanta subida y bajada, continué hasta Vale Verde donde pude reponer el agua gastada, en un bar-tienda-dispensador de gas, y sentado en una mínima terraza, y mientras la dueña me refería que su madre había ido a Fatima también en peregrinación comí un tentempié y acaricie un perro que fielmente me acompaño.
Dejado atrás Vale Verde con los buenos deseos de la señora del todo en uno, puse rumbo por una pista que fue a desembocar a la carretera y que después de casi un km. me volvió a introducir en lo agreste del terreno, descendiendo entre rocas y jaras pude llegar al pueblo de O Pereiro, que se encontraba casi en el bajo, pare en el café de  Cristovao, justo al lado de la iglesia, requerido por los vecinos que me preguntaron, y que en ese momento llenaban el establecimiento y la zona cercana a él en juegos de cartas, rana y charlas, con lo cual referí mi camino, intentando hacerme entender y gracias a Carlos Pereira, que hizo de traductor y de interprete disfrute de un rato agradable en buena compañía y comiendo unos cacahuetes que me ofrecieron, despedido de Carlos y acompañantes y después de dejarles nota de donde podrían seguir mi camino continué el descenso hasta la ribera Das Cabras.


Caminando por un sendero y acompañado por el ruido del agua y las ranas que ya empezaban a croar, me
fui acercando a Pinhel, el cual tenia a la vista, pero en un alto que era menester subir y a esas horas y con el
sol quemándome las pantorrillas la marcha se ralentizo.


Las fuerzas ya andaban escasas, y una vez cruzado el puente, me detuve a recuperar el resuello y a mirar hacia arriba, hacia las torres de Pinhel. La subida se hizo larga y tediosa, pues una vez dejada una fuente 
se transita entre dos tapias, una de ellas del convento de San Antonio, y que por no ser transitadas, están
llenas de maleza y piedras caídas de las paredes, con lo que algún traspiés di que a punto estuvo de hacerme
caer, llegado al convento, y tras otra subida llegue a la iglesia de Santa Maria y aquí ya di por finalizada la etapa, contento por haberla superado, por los paisajes vistos y disfrutados, pero cansado, con las pantorrillas echando fuego, y con la mochila pesadisima a mi espalda.
Decianme las mujeres,
al ver mi estatura larga:
Por cierto, que el Peregrino
tuvo muy buena crianza!
Riéndome del aplauso,
respondía yo: Madamas,
no es muy larga mi estatura,
puesto que no alcanza nada.