sábado, 3 de mayo de 2014

Leyendas

La primavera invita.
Y un día entre semana festivo y con agradable temperatura más, con lo que aprovechando el beneplácito de la estación y la festividad salí a buscar una nueva aventura.
La verdad es que, desde que regrese de Santiago, no me acabo de asentar en la ciudad, y cualquier momento me parece oportuno para caminar. Hoy buscaba algo más, deseaba que en mi coexistir en un espacio natural cargado de leyendas, de amores y de tesoros escondidos, me empapara de inspiración para el sendero y para el posterior relato.
En mis viajes y excursiones trato de profundizar en el ayer del lugar, imaginándome muchas veces como un espectador de esas épocas pasadas, inclusive suelo deslizar mis manos por las piedras tratando de buscar una conexión que me transfiera al momento exacto en que fueron colocadas o talladas y las circunstancias que concurrieron.

Volví a la Sierra de las Quilamas, esta vez en busca de la leyenda, acercándome a San Martín del Castañar, un pueblo pequeñito adosado a la sierra de su nombre, en un espacio declarado reserva de la biosfera y recordando palabras de Gonzalo Moure: ...La primera mañana que estuve en el bosque percibí que el bosque existía, no necesitaba de mí, ni de ningún ser humano para existir.
Y, sin embargo, yo presentía que iba a ser parte de una gran aventura, y aquel bosque era el escenario encantado en el que cualquier cosa podía suceder."
Por estos entornos circulan como el susurro del viento, las historias de amor, las batallas épicas, los tesoros escondidos y como no, las espadas que surgen de la laguna en la noche de San Juan buscando un portador, con lo que el paseo iba a resultar de lo más interesante.
Recorrí el pueblo que me permitía tener también una visión esplendida de la Sierra de Francia y de la Sierra de Bejar.

Sabia que los romanos ya habían poblado este lugar, gracias a una estela que ahora ocupa el atrio de la iglesia, ..."seate la tierra leve" reza una parte de su inscripción, me gusto la dedicatoria.
Camine por sus calles hasta el castillo, poco queda, la verdad, aunque ahora esta perfectamente restaurado y con otro uso que me resulto muy agradable.

Al tocar sus muros y adentrarme en el recinto volvió, como un susurro, ligero, suave.
Quizás el viento que descendía de la cumbre agitando las hojas.
No, era la leyenda. El rey Rodrigo, coronado tras varios enredos y disputas de poder, se enamoro de la hija del Conde Julián, llamada Florinda, y claro sin la aprobación del padre que permitiera estos amoríos, con lo que por las bravas huyo con ella viniendo a dar a estas tierras, nos encontramos en el año 711, el conde dolido, y queriendo recuperar a su hija, o quizás más al tesoro que junto a su hija se había llevado Rodrigo de Toledo, pacta con un general musulmán la búsqueda y captura de ambos. Rodrigo para entonces se hallaba recuperándose de las heridas y de la derrota de la batalla de Guadalete y ampliando el castillo de Valero para la comodidad de los amantes a la vez que buscando un lugar idóneo para esconder el tesoro de los visigodos. El general Muza espoleado por el Conde Julián no da tregua en su búsqueda y consigue encontrar el paradero de los amantes, asediando su castillo, después de las consiguientes peleas entre moros y cristianos, el castillo se rinde, pero Don Rodrigo de nuevo a conseguido escapar con su amada por uno de los túneles, consciente del peligro que le persigue oculta a su amor y al tesoro en una cueva, y esperando distraer a los perseguidores galopa hasta Viseu, dejando atrás a Florinda y el oro con la intención de volver una vez apaciguada la búsqueda, la muerte le sorprende en Viseu a él y a su amada en la cueva que fallece en de la tristeza de la espera, la sierra toma entonces el nombre árabe Al-quila-ama, que significa: "el castillo de los amantes" Muchos fueron los que buscaron la cueva, los túneles o los pasadizos, los que creyeron escuchar a Florinda llamar a su amado, pero ninguno hasta ahora dio con el tesoro. Como es lógico circulan otras versiones de la leyenda y que el saber popular ha ido mezclando y variando a su antojo, aunque en todas ellas existe un común denominador, el amor y la riqueza.

Transcurren los siglos y hacia el XV, el castillo donde me encuentro, ha pasado de ser una torre fortificada a un palacio fortificado, el Conde de Miranda, señor de estas tierras, tenia una hija que se aficiono en demasía a los torneos que se celebraban por aquí, mas en concreto a las justas de la cercana Miranda, allí al parecer un caballero la tenia enamorada, y cada vez que había un evento allí estaba su amada presta a entregarle su pañuelo bordado en tardes apacibles, como prenda de amor. El susodicho caballero no era del agrado del Conde de Miranda y no deseaba que su hija se relacionara y menos que le amara, con lo que a los amantes, viendo que no hay bendición para su relación, se fugan hacia la sierra de las Batuecas, un lugar apacible e idílico, poco les duraría el romance en estas tierras, porque el padre les encuentra, aunque en esta ocasión y mas sensatamente, les obliga a regresar al castillo para que allí vivan su amor, transformando este en un Palacio. Como el tiempo no se detiene, el Palacio y la vida va sufriendo los avatares y diferentes usos según quien fuera el propietario, y paso de Palacio a cárcel, de cárcel a cementerio y tras el terremoto de Lisboa, a ruina y en la actualidad a mirador, cementerio municipal, y sede de la reserva de la biosfera.

Una vez fuera del Castillo o mejor dicho de lo que fuera un Palacio camine por los antiguos senderos por donde quizás lo hiciera Beolinda, buscando el tesoro, buscando la cueva, y hasta la espada del tal Rodrigo, lo que encontré fue arte en la naturaleza, una torre de planta cuadrada que refleja sutilmente la luz que le llega y donde en unos estantes el caminante deja algún objeto encontrado en el sendero, una piedra con una estraña forma, una raíz, una rama, una flor cortada, como si fueran mensajes para la siguiente persona que pase, todos toman y dejan, convirtiéndonos en cómplices de un juego de trueques secretos, bajo la mirada del bosque. Una oquedad pintada de rojo fuego en el verdor de la espesura, como una fauces abierta, protegiendo quizás el bosque o defendiendo un secreto, intimidando. Unas tejas requemadas, deformes por un fuego olvidado. Un horno apagado, testigo frío del tiempo. Una puerta abierta en el campo, en el bosque. Una puerta abierta para ser traspasada, un comienzo y un final, un final y un comienzo. Un punto de acceso de cambio, de transito a un espacio que siempre estuvo ahí y nunca ha sido observado.

Regrese al pueblo, porque ya tenia mi tesoro.

Tenia el disfrute de la armonía del bosque.
Tenia una pregunta.

Tenia la inspiración
.
Tenia una respuesta.

Solo pude decir