viernes, 16 de mayo de 2014

El jardinero fiel.

... para que a las preguntas estrelladas del cielo
responda nuestro sueño con una sola llave,
con una sola puerta cerrada por la sombra.
                                      Pablo Neruda.

Un recuerdo se forma tras de un instante, después de un momento, y una historia es su relato.

Sucedió que hace unos lustros, cierta persona en su caminar habitual, llego a una ladera pedregosa que miraba al río y se detuvo a observar lo que le rodeaba, se sentó en un saliente y acariciado por el sol y el viento tuvo un sueño.
Y decidió conformarlo. Durante los ratos libres que le permitía su profesión de comerciante, que no eran muchos, fue dándole forma. Día tras día y durante doce años, con su esfuerzo creador, fue convirtiendo la ladera pizarrosa en un jardín.
Donde antes solo existían piedras recalentadas por el sol y alguna mata de tomillo, fue creando parterres de flores y arbustos.
Primero, planto un álamo, cerca del río y lo protegió y vio crecer. Acomodo unos escalones de pizarra para ascender a una pequeña terraza que adorno con algunas flores de colores, todos los días se acercaba para regarlas, en su bici, que debía dejar en la altura de la ladera.

Poco a poco, fueron pasando las estaciones, los años y fue creando terrazas donde le pareció idóneo, las protegía con trozos de pizarra y de madera que acarreaba de una casa derrumbada que existía en las cercanías, fue amoldando escalones a la ladera y regando su jardín.


Unas ruedas cansadas se detuvieron para albergar una vida.
Y así, un día y otro mas, en armonía con el entorno, su jardín se fue alzando desde el álamo a la cumbre.


Su sueño, era sentarse en la parte más alta, donde dejaba su bici, a leer un libro y a contemplar el río y su jardín. Allí recibiría a los que llegaran, a los que le encontraran, y compartiría su obra.


Y hasta la cumbre continuo con su sueño, hasta este mirador rustico donde ahora me encuentro contemplando su obra, apaciguado por el entorno y disfrutando de su jardín.

Hoy, he llegado aquí, a esta tierra de nadie y de todos, guiado por un impulso hasta tu mirador, desde donde contemplaste el río discurrir y tu libro sin leer.
Me senté en el banco que abrigaste del sol, al lado de la ventana del cielo y mire el río.


He palpado tu sueño, los arbustos ya han brotado y el rosal al pie del álamo tiene tres rosas.


He subido unas garrafas de agua, por las mañanas se riegan las plantas de la derecha, por las tardes las de la izquierda, como tu solías hacer.
Muchos han dejado sus sentimientos en la lona de la caseta donde guardabas tus herramientas, y los recortes de prensa, al lado del banco. Todo esta en armonía, yo, he estado escribiendo un rato junto al encino del alto, cerca de tu mirador.


No desvelare donde se encuentra, pues tu querías preservarlo tan solo para los que lo descubrieran, volveré, quizás mañana.
Gracias, Ignacio Moro (+ 13-01-2014), constructor y jardinero de un sueño.