martes, 6 de enero de 2015

El amanecer del 2015

Si decidí acabar el año con un magnifico atardecer y no preocuparme de mas celebraciones es porque considere que me encontraba satisfecho y esas fiestas de fin de año y a mis años ya no acaparaban tanto interés, con lo que no hubo despedidas, ni brindis, ni uvas de ningún tipo.  Si el año anterior lo despedí contemplando el atardecer en Penha Garcia, el Año Nuevo lo recibí contemplando el amanecer desde las silenciosas y apacibles calles de Idanha la Nova, dispuesto a continuar el viaje, pues embutidos en historias de Templarios y reyes Visigodos seguro que alguna sorpresa me daba el camino.
Sin un rumbo cierto y mas bien dejándome llevar fui a dar a la localidad de Vila Velha de Rodao, desde donde pude contemplar el Tejo (Tajo) desde el castillo del Rey Wamba, sucesor de Rencesvinto, y aclamado como rey popularmente por unos y bajo amenaza de muerte por otros como suele suceder en estos menesteres de la historia, acepto el reino y fue coronado en la ciudad de Toledo, y según la crónica que de esa coronación hace el obispo Julian de Toledo, una vez ungido con el oleo sagrado, salio de su cabeza una abeja, símbolo de felicidad venidera. Aquí en este castillo se sitúa la leyenda de la" maldición de Rodao" y que como no podría ser de otra forma se produce por los amores  entre una reina cristiana y un rey moro que construye un túnel por debajo del río para encontrarse con su amada y con la que se fuga, perseguido por el rey Wanda, esta es condenada por sus amoríos a perecer lanzandola desde el castillo, parece ser que por donde cayo no volvió a crecer la hierba y la maldición que profirió antes de su descalabro quedo en estas tierras asociada: "nesta terra nao havera cavalos de regato, neu padres se ordenarao e putas noa faltarao"
 Desde el Castillo del rey Wamba y de nuevo por una carretera enrevesada me dirigí a la aldea de  Nisa, por donde pasa el camino de Santiago Portugués en estas tierras alentejanas, y cuyas casas se caracterizan por una banda de color amarillo que las adorna.

Después de recorrer sus calles, siguiendo esas flechas amarillas que tantos recuerdos me traían y de nuevo por una carretera serpenteante entre las lomas alentejanas me dirigí a la bellisima ciudad de Marvao. En lo mas alto de un a atalaya estrecha se encuentran sus murallas, vigilantes y dominantes de esta sierra de S. Mamede, debe su nombre a los árabes que la poblaron y desde donde en días claros se alcanza a ver Extremadura.
Esta fortaleza que quería desafiar Al-Andaluz, creando un reino independiente se ha mantenido intacta durante más de diez siglos, pasear por sus calles empedradas de casas encaladas, blancas como la nieve, adornadas con balcones de hierro forjado y esas chimeneas tan alentejanas que las caldean los fríos días de invierno, resulta un placer para los sentidos.
Bien merece esta Marvao, suave, amena y agradable, una visita mas pausada, pues regocigandome de las vistas que me proporcionaba desde los baluartes, matacanes y garitas, ensimismado por el sol que se ocultaba y como proyectaba una sombra en tierras españolas por donde ya se elevaba la que seria la primera luna llena del 2015, me limite a disfrutar desde la atalaya de la vida.
Descendí de nuevo por sus calles estrechas, donde mis pasos resonaban, imaginando como había sido su pasado , ¿volvería yo a ese espolón rocoso?.


Sí, creo que volveré a este "nido de águilas" como también se la denomina a esta "muy noble y siempre leal villa de Marvao".
Ya de noche y desenredando la madeja de curvas me dirigí a Portoalegre para pernoctar. Poco que contar de esta ciudad que no visite, pero que en cambio me dejo el conocer a Paula, peruana, que se encontraba en el mismo Hostel que yo y que por casualidades del destino volvería a encontrar al día siguiente en la ciudad de Evora originando una anedocta para este Tarro de Recuerdos.
Después de desayunar en el Hostel Portaalegre, una casa solariega magníficamente atendido por el dueño, que con su amabilidad caldeo las frías estancias, emprendí rumbo a Estremoz, famosa por sus marmoles y donde el empedrado de sus calles brilla con el sol alentejano dando la sensación de estar húmedas. Su Castillo perfectamente preservado, quizás porque ahora es una Posada Real, reluce en lo alto de la ciudad como un faro.
Aquí nació D. Francisco  Melo de Portugal y Castro y aunque su origen es lusitano estuvo al servicio de la Corona Española, siendo Virrey de Sicilia, Gobernador de los Países Bajos y Virrey de Aragon, y del cual noticias tengo gracias a haber leído las aventuras de D. Diego Alatriste, que tanto me gustan y donde se desgranan pasajes de esta historia nuestra magníficamente por la pluma de Arturo Perez Reverte.
Deje Estremoz al mediodía con un cielo limpio, soleado y agradable de temperatura, como si de un día primaveral se tratara para dirigirme pausadamente a Evora, por una carretera entre campos verdes de pasto, plagados de alcornoques numerados y de olivares.
Evora era una de esas ciudades que tenia pendientes de visitar, de curiosear.
Y en cierta manera, me encontré un poco defraudado, quizás esperaba mas de ella, también es cierto que esto me suele pasar con otras ciudades o lugares que descubro anticipadamente en la red, sin haber estado en sus calles físicamente. En realidad no me sorprendió, ni tan siquiera otro de sus espacios mas visitados como la Capela dos Ossos.
La anécdota que tengo para esta ciudad, es que a pesar de estar llena de turistas me volvía a encontrar con Paula de una forma fortuita, revisando la información turística, descubrí que cercano a la ciudad había unos monumentos megalíticos, y eso, si que era una novedad para mi, así que sin demora me encamine hacia allí, para disfrutar de un atardecer y de esa primera luna de enero que ya casi era llena.
El solo hecho de encontrarse en el centro de estos círculos concentricos formados por piedras dispuestas por alguien en el sexto milenio antes de Cristo impresiona, si a eso le unimos el atardecer en esa pequeña loma inclinada hacia el este con el sol despareciendo y la luna proyectando las sombras de los monolitos, la sensación que se tiene es indescriptible. Fueron unos momentos muy agradables, llenos de magnetismo los que pude disfrutar en el Crómlech de los Almendros.
De nuevo me despedí de Paula, y como se suele decir que no hay dos sin tres, la volví a encontrar pasadas un par de horas, en un café haciendo tiempo para su partida, quizás la conjunción astral de ese día estaba a nuestro encuentro, como dije antes se encontraba haciendo tiempo para la partida, su autobús salia a las 23,30 en un principio y según se había informado de la estación de auto carros de Evora, al día  siguiente debería cojer un vuelo para su tierra. Suponiendo que la estación se encontraba alejada, nos dirigimos hacia allí, en animada charla sobre las culturas incaicas y otras curiosidades de su país, por suerte llegamos justo a tiempo de informarnos que su autobús no partía propiamente de la estación,porque esta se cerraba durante la noche, sino de una calle cercana y que gracias a ese tercer encuentro, ya ni se si fortuito, ella pudo cojer su autobús y su vuelo rumbo a Perú.
Nos despedimos nuevamente y me encamine de nuevo al centro de Evora, con un pensamiento "buen camino" y una enorme satisfacción.