domingo, 1 de febrero de 2015

Suposiciones

    Hoy he vuelvo a pasar por el Riad, ¿te acuerdas?.

Supongo que no, aunque en realidad ya carece de importancia, a estas alturas de mi vida este recuerdo aparece difuminado y solo se hace nítido cuando me encuentro en esos viejos lugares en los que supongo me amaste sin yo darme cuenta.
He evitado la puerta de entrada y lo observo desde el otro lado del jardín,  justo donde aparcábamos el automóvil nuevo, ese que tanto te gustaba y que compraste de la noche a la mañana, en un alarde de independencia.
Ahora el Riad se encuentra tan cercano a mí como tú lo estabas  aquellos días en los que danzabas frente al espejo haciendo sonar las monedas del bedlah, mientras yo te miraba con mis ojos cansados.
Supongo que sigue igual, desde aquí veo la moqueta  que cubre el entarimado de las escaleras que suben a las habitaciones.
La numero cinco.
Si, esa que traspase agotado de un largo viaje. Aún tengo en mi retina ese tono rojizo de la seda que cubría el dosel de la cama.
Ese día estaba cansado, supongo que como todos en los que finalizaba un trayecto a las puertas del Riad o de cualquier otro, tú te apoyaste en la baranda de la galería que daba al cenador, me gustaba verte de espaldas, supongo que para no ver tus ojos interrogándome.


Permaneciste en silencio mientras desemparejaba la ropa de la maleta, ajena a mi, encerrada en tu mundo, cometí el error de preguntarte en que pensabas, ahora supongo que fue un error preguntarte, en esa ocasión y en otras, tu respuesta con indolencia ...en nada.
Aquel día salimos a cenar, lo recuerdo bien, descendimos por una calle empinada separados por un metro de desafecto, no deseabas que te diera la mano y menos que la colocara en tu hombro. Me hiciste sentir distante a ti, como un transeúnte mas dirigiéndose al bullicio del puerto.
Apenas nos dirigimos la palabra durante la cena, supongo que quedaste agotada de charla después del rato que dedicaste a pormenorizar con el camarero como deseabas la ensalada.
Ya  estaba acostumbrando a tus silencios, desamparado quizás de tu corazón, supongo que por eso, cuando se acerco el vendedor de rosas, lo ignore.

Cuando regresamos ya era noche cerrada y nos perdimos en el vericueto de calles, supongo que me extravié yo.
Aguante tus reproches en ese metro de frialdad, nunca te gusto este pavimento deforme que destrozaba tus tacones.
Supongo que por eso cuando llegamos a la habitación  me quede sentado en la galería, fumando, distorsionando mis pensamientos mientras dormías.



Por aquel entonces ya no te escribía, hacia tiempo que me había cansado de dejarte poesías en la almohada, supongo que cansado de tu indiferencia.
Nunca supe que hiciste con ellas, cuando volví a aquella casa de la aldea solo estaban las rosas marchitas en copas de cristal y unas volutas de versos en la chimenea, supongo las incendiaste en el arrebato de tu huida.
Esa noche supongo que me acostaría a tu lado, como otras noches buscando la calidez de un abrazo dormido. Pero esa noche, esa noche, ya te habías ido.
He dejado atrás el Riad, dando tregua a mis pensamientos, supongo que otro día volveré a pasar, siempre por el otro lado de la calle, donde no me alcance la esencia de la piel que ame.

"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amo la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas." (Chavela Vargas)