martes, 17 de junio de 2014

Cebollas



  Una excursión campestre casi siempre se convierte en una nueva experiencia y en un reciente recuerdo y más si haces cosas que antes no habías hecho.
Ayer fue el caso, de nuevo nos reunimos un grupo de personas para asistir a las actividades que nuestros anfitriones nos habían preparado, el lugar muy de mi gusto, un albergue de peregrinos, en la cercanía de la sierra de Bejar, un pueblecito pequeño con multitud de adornos santiaguinos y de flechas amarillas, que sinceramente me hicieron sonreír y recordar. El plan perfecto, desayuno, café de puchero y pan con mermeladas caseras, después una sesión de iniciación al "taychi", en un pequeño prado alejado del pueblo y rodeado de robles y que algunos decidimos ir en bici, después una charla y un paseo hasta unas pozas con aguas sulfurosas que según decían los lugareños eran buenas para la piel y el estomago y que por supuesto probé. A mediodía comida diversa y variada, arroz con verduras, pollo, solomillo, berza rellena, morro de cerdo y como no las famosas chichas que por esta zona son tan habituales, todo ello regado con jarras de sangría, limonada fresquita y un vinho verde, después de la siesta unos y otros de la charla animada y el café con aguardiente, otro paseito esta vez a lomos de una yegua de raza asturiana, tozuda ella y que junto con mi inexperiencia, varias veces me descabalgo, produciendo las consecuentes risas del grupo.
Relatado esto a grandes rasgos, os diré que después de la sesión de "taychi" la cual me resulto muy agradable, por la persona que la impartió, el entorno y el descubrimiento de unos valores milenarios, nos sentamos formando un circulo a la sombra de unos robles que nos apaciguaron el calor que ya empezaba a hacer en la sierra, dispuestos a escuchar un cuento o parábola y que ahora comparto con vosotros a mi manera, pues los cuentos siempre conllevan en su tradición algún aporte del nuevo narrador respetando, eso si, la esencia del mismo. Puede que algunos ya lo conozcáis si es así, recordarlo y los que no, disfrutarlo.



Perdido en un valle entre montañas majestuosas se encontraba una aldea que disponía en uno de sus laterales, cercano a un arroyo, de un huerto lleno de hortalizas, varios arboles frutales y toda clase de plantas aromáticas, distribuidas en parterres formados con medios toneles.
Como todos los huertos, después de trabajarlo,  resulta agradable sentarse a la sombra de cualquiera de los arboles a contemplar los surcos bien trazados y como van creciendo en agradable disposición, patatas, lechugas, pimientos, tomates, judías, etc. Sentado se hallaba nuestro aldeano, contemplando el verdor y escuchando el canto de los pájaros, mientras dejaba deslizar su vista por los surcos, hasta que algo le llamo la atención, en unos surcos había sembrado hacia unos días unas semillas que encontró en su granero al fondo de un estante, aun con la tierra húmeda estas estaban brotando algo con unos colores centelleantes, no era posible, algo pasaba, se dirigió hacia allí, como sobresaltado y arranco la primera planta del surco, arrancada esta salio corriendo en dirección a la aldea, para avisar a sus vecinos.
-Ehhh! mirad, mirad, gritaba, agitando en alto una planta de color de color azul. Azul como una mirada, azul como el mar.
Alertados por las voces, los aldeanos salieron de sus casas, de los establos y pajares, abandonando sus tareas  se dirigieron al huerto.
Una vez allí, entre los arboles frutales y con los ojos como platos miraban el arco iris de plantas que se había formado.
Era extraordinario, Manuel, el encargado de cuidarlo, arranco una amarilla. Amarilla como una sonrisa, como un bonito recuerdo. La alzo para que todos la pudieran ver. Al lado de la amarilla, había una verde. Verde como la pradera del valle, verde como el frescor.
Ahora la roja! -gritaban. Y la roja fue sacada de la tierra. Roja, como un corazón, una pasión.
Manuel salio de entre los surcos y les dijo que ya estaba bien, y depositandolas en un cesto con cuidado, salio del huerto en dirección al salón que utilizaban en invierno para reunirse. Todos le siguieron murmurando en bajo. Una vez allí, apartaron bancos y tajos y dispusieron una mesa en el centro, a la que se acercaron los mas ancianos de la aldea y los niños, que miraban con cara fascinada mientras sonreían.
Abra que abrirlas y ver que tienen! -grito alguien desde el fondo. Todos giraron la cabeza hacia él a la vez que asentían. Si!, Si veamos que hay dentro.
Uno de los ancianos saco una navaja de su bolsillo y sujetando la planta azul, clavo la punta en el pequeño bulbo donde estaban sus raíces, la partió con delicadeza, en su interior albergaba un zafiro de un intenso color azul que arranco un: ¡Ohh! generalizado y un montón de murmullos, la amarilla descubrió en su interior un citrino, con su color amarillo limón, esta vez el ¡ohh! fue mas largo y audible, pues nunca antes habían visto una piedra de ese color, todos movían a un lado y otro la cabeza, inquiriendo al de al lado una respuesta que ninguno tenia. Adriana, junto a los otros niños sonreía de puntillas en la primera fila de aldeanos.
Cuando el anciano cojio la planta roja, algunas voces se alzaron entre los murmullos, las mas jóvenes, -esa tendrá un rubí!, si que hay mas rojo que un rubí?. El anciano partió el bulbo y apareció un rubí de un rojo intenso. Todos se pusieron a aplaudir alborozados. Ya solo quedaba la planta verde, esta vez el murmullo vino de la zona donde se encontraban los más ancianos, cuchichearon entre ellos. Hablaban de si la piedra que aparecería seria una crisoprasa, como la que Alejandro Magno llevaba antes de entrar en batalla, pero en su lugar apareció una esmeralda de un verde cristalino.
Todos se abalanzaron sobre la mesa, querían tocar esas piedras, y discutieron en voz alta, por alguna incomprensible razón, se empezó a discernir que aquello era peligroso, intolerable, vergonzoso y se dirigieron de nuevo al huerto en una algarabía subida de tono. Preguntando a Manuel de donde había sacado esas semillas.
No pararon en su discusión arremolinados frente a los surcos de las plantas de colores, que poco a poco y a medida que los aldeanos mas se alteraban fueron perdiendo su fulgor, poco a poco los colores se fueron difuminando, las antaño bellisimas plantas, fueron transformándose, escondiendo sus piedras preciosas, capa tras capa, para disimular como eran verdaderamente por dentro hasta que se convirtieron en unas cebollas vulgares. Los aldeanos se fueron dispersando en grupos, quedando el huerto en silencio y sin percatarse que a la sombra de una higuera, se encontraba Adriana que miraba ensimismada en dirección a los surcos donde antes había plantas de colores.
A los pocos días apareció un sabio.
Al sabio le gustaba sentarse a la sombra de los arboles y observar las plantas con su espalda apoyada en el tronco, entendía el lenguaje de las plantas, de la tierra, de los arboles.
Miro las plantas que crecían cerca del pozo y las pregunto, una por una.
-¿porque no eres por fuera, como eres por dentro?
Adriana contempla la escena sonriendo, desde el día que habían aparecido las plantas de colores, visitaba el huerto a menudo.
Las plantas fueron contestando en un lenguaje que solo entendía el sabio.
Nos obligaron a ser así, tuvimos que cubrirnos de capas rápidamente, para ocultar nuestro interior.
Al final el sabio se puso a llorar, y los aldeanos le vieron llorar, pensando que llorar delante de las plantas era de personas inteligentes. Adriana le sonrió, y le dio la mano, ha ella le había gustado la amarilla, era su color preferido, como el de su madre.
Adriana, -dijo el sabio- busca a Manuel y dile que sus plantas ya pueden ser recolectadas.
Y se alejo de la aldea.
Desde entonces todos seguimos llorando cuando una cebolla nos abre el corazón.

"¿ Cuantas capas tienes tapando tu interior?"