domingo, 8 de noviembre de 2015

Domingo en la aldea.



Los domingos que dormía en la casa de la aldea solía despertarse antes que ella, por naturaleza, como acostumbraba a decirle,  -soy más de mañana-  le había expuesto al principio, poco tiempo después de conocerse.
Ella permanecía en la otra cama completamente tapada con los cobertores, apenas quedaba al descubierto un trocito de cara, eso le hacia gracia, sonreía para sus adentros mientras se vestía lanzando miradas furtivas por si  abría los parpados y le invitaba a compartir la calidez de su lecho, a veces se le dibujaba una sonrisa mientras se abotonaba la camisa al imaginar ese cuerpo tibio cubierto de edredones, eran pensamientos fugaces que desaparecían justo cuando recogía los zapatos y salia descalzo por el amplio pasillo alfombrado.
La puerta de la habitación apenas hacia ruido  al cerrarse desde que el la arreglo una mediodía, justo antes de la comida familiar de los domingos,  ese hecho lo recordó mientras se calzaba en la amplia baranda iluminada por los primeros rayos de sol.
Seria el tercer o cuarto fin de semana que pasaban allí; aquella noche se habían quedado en la cocina viendo una película en versión original , cuando se fueron a acostar, él intento cerrar la puerta sin hacer ruido, no hubo manera, tras el portazo se echaron a reír, sus padres  ya sabían que estaban en la habitación, se sintieron como dos adolescentes imaginando  las elucubraciones que surgirían en el dormitorio de al lado tras el golpe y las risas, a la mañana siguiente su padre se acerco con un destornillador y una lima , "portanto"  -dijo- y le indico la puerta, desde entonces él salia sin perturbar los sueños.

Descendía por la escalinata haciendo equilibrio para no pisar los caracoles que se replegaban hacia la madreselva que la adornaba. La perra, un cruce de perdiguero y  pointer se agitaba en su espacio reclamando su atención, le abría la puerta y se miraban cómplices antes de que ella saliera alocadamente hacia el gallinero donde se plantaba haciendo una muestra con su pata derecha, él sonreía alegremente, ambos recordaban sus tiempos de cacerías.



Encendía un cigarrillo y paseaba por la huerta caótica, donde todo crecía a su libre albedrío, una higuera pegada al gallinero ofrecía higos inalcanzables, volvería a podarla a finales de febrero, -pensó- , al lado un nogal había desprendido sus frutos, algunas nueces habían quedado atrapadas en el emparrado de los kiwis, piso sin darse cuenta un níspero maduro que la perra olisqueo antes de salir disparada tras un gato amarillo que trepo a un naranjo para luego saltar a un peral donde observo burlón a su perseguidora. Arranco unas hojas de las berzas que crecían al lado de las fresas y apurando el pitillo se dirigió de nuevo al gallinero donde arrojo las hojas a los "pintos", pronto alguno de ellos iría a formar parte de un arroz de cabidela, se le hizo la boca agua.
 Diana, la perra, se hacia la remolona, él la engatusaba con los cereales y accedía a dejarse encerrar de nuevo moviendo la cola.



El trayecto hasta el "tasco" era de apenas trescientos metros y discurría por la carretera nacional,  se encontraba ubicado al lado de la iglesia, suponía que como en casi todas las aldeas, a fin de cuentas la iglesia era un buen reclamo y parroquianos no habrían de faltar, la pequeña y oronda regente del establecimiento lo miraba con disimulo, sobre todo las primeras veces que fue, al igual que los habituales de esas horas tempranas de café y cachaza, el no le daba la mayor importancia y hasta le resultaba divertido.
Seguramente se preguntara la buena mujer quien seria aquel extranjero que le pedía un café con acento español. Hojeaba el periódico inmune a las miradas escrutadoras a la espera que ella le "ligase" al móvil, sí, le gustaba utilizar esa palabra en otro contexto, como otras muchas que luego adaptaba en sus escritos.
Instantes antes de que ella le "ligase" acaba de leer un prologo de Clara Ferreira Alves sobre la poesía de Alvaro de Campos: "Nada há de mais perigoso num escritor do que o coraçao romántico. O coraçao romántico faz perder o controle do verbo e da técnica..." , solía quedarse pensativo con el bolígrafo entre los dedos y luego escribía algo en su bloc.
Cuando ella le ligaba el pagaba los dos cafés consumidos y desandaba el camino hacía la quinta.